
El precio que han pagado --perder la libertad de seleccionar a sus parejas y ser sacrificadas, en lugar de ser devoradas por los depredadores-- es poca cosa, comparado con el beneficio de criar a su prole y verla prosperar.
Pero no es su inteligencia, lo que explica el chollo. Es la ciega, imprevisora visión de la madre Naturaleza, la evolución, la que ratificó lo sabio de esta transacción. De hecho, los animales domésticos son bastante más estúpidos que sus parientes salvajes. Sus cerebros son más pequeños (relativos al tamaño corporal).
La simbiosis, en definitiva, es beneficiosa para ambas partes. Tanto los animales domésticos como sus domesticadores han crecido de modo explosivo (de representar un 1% de la biomasa hace mil años al 98% de la actualidad).